NARCOS, NUESTROS NARCOS.
Voy a verlos ¿y qué?
Me gusta que se hagan series de narcos, como me gusta que se hagan series de músicos, políticos, transexuales, monjas, personajes bíblicos, animales que hablan, extraterrestres y superhéroes; todo lo que se puede contar, merece ser escuchado, leído o visto por alguien, el que sea, todo mensaje tiene su público. Otro cosa es la interpretación que hacemos de esos relatos y, por supuesto, otra muy distinto es la influencia que tienen los autores sobre lo que leemos.
¿Está bien leer los Jinetes de la Cocaina, escuchar las versiones libres de Uribe y los de las Farc, leer las declaraciones que dan criminales a la fiscalía y leer El Tiempo pero no está bien que haya entretenimiento basado en nuestra historia? ¿qué es y qué no es entretenimiento? ¿acaso la moral tiene derecho alguno a delimitar nuestro ejercicio creativo, el ejercicio de cualquiera que desee contar algo? A mi no me convence ese cuentico.
Lo que pasa en la sociedad es de todos y cada uno de los que pertenecemos a ella, a cada comunidad, cultura y grupo de personas que se relaciona con otro grupo de personas. El crecimiento, la apoteosis, el reinado, la entrega, la fuga y posterior muerte de Pablo Escobar (y lo que ello tenga que ver con sus secuaces narcos( es parte de nuestra historia, y así como nosotros tenemos derecho a reconstruirla por los medios que queramos, hay otras personas que también lo tienen, y deberían ejercerlo. Adoro películas como El Rey y La Vendedora de Rosas, por supuesto, tanto como disfruto El Colombian Dream y El Abrazo de la Serpiente; el cine, la televisión —el audiovisual— es solo una forma más de contar cosas y de disfrutarlas. Dejémonos de dobles morales y aprendamos a disfrutarlo.
Prohibamos, claro, los desnudos, la violencia, el consumo de cigarrillo y licor en algunos horarios de nuestra televisión —por que que más da, toca, — pero no censuremos los contenidos: que cada cual determine qué quiere ver y cómo quiere verlo, con quién y cuándo. Que los padres acompañen a sus hijos, que los hijos consulten con sus padres, pero que no sea la sociedad la que coja el toro por los cachos y, en conjunto, guiada por el deseo de los recalcitrantes.
Ahora: pidamos que hagan buen casting y que la dirección de arte sea adecuada, qué se yo, peleemos por buenos directores y guionistas, no por las ideas. Tenemos que contarnos mejor las historias de La Violencia, hacer más películas como Cóndores no Entierran Todos Los Días y discutir entre nosotros sobre las cosas que constituyen lo que somos. Quiero una película de La Guerra de los Mil Días, quiero más películas del Bogotazo, quiero películas del Uribato y sobre las Farc, así como quiero más cosas como Confesión a Laura y Escobar el Patrón del Mal. Tenemos que reflexionarnos, revirarnos, alegarnos, escandalizarnos, aturdirnos. Y tenemos que hacerlos de todas las formas posibles: el ensayo no es la única manera de preguntarse cosas sobre lo que somos, las tesis doctorales no son para el gran público, como tampoco lo son las revistas indexadas ni todos los documentales. Hay que probar de todo, mezclar todos los medios y atacar nuestro síndrome de avestruz de raíz: tenemos que preguntarnos más cosas, quejarnos de más cosas, odiarnos por más cosas. Quizá así aprendamos a querernos más, a reflexionar más, a mejorar más.
Voy a ver Narcos, ¿y qué?
Voy a verlos ¿y qué?
Me gusta que se hagan series de narcos, como me gusta que se hagan series de músicos, políticos, transexuales, monjas, personajes bíblicos, animales que hablan, extraterrestres y superhéroes; todo lo que se puede contar, merece ser escuchado, leído o visto por alguien, el que sea, todo mensaje tiene su público. Otro cosa es la interpretación que hacemos de esos relatos y, por supuesto, otra muy distinto es la influencia que tienen los autores sobre lo que leemos.
¿Está bien leer los Jinetes de la Cocaina, escuchar las versiones libres de Uribe y los de las Farc, leer las declaraciones que dan criminales a la fiscalía y leer El Tiempo pero no está bien que haya entretenimiento basado en nuestra historia? ¿qué es y qué no es entretenimiento? ¿acaso la moral tiene derecho alguno a delimitar nuestro ejercicio creativo, el ejercicio de cualquiera que desee contar algo? A mi no me convence ese cuentico.
Lo que pasa en la sociedad es de todos y cada uno de los que pertenecemos a ella, a cada comunidad, cultura y grupo de personas que se relaciona con otro grupo de personas. El crecimiento, la apoteosis, el reinado, la entrega, la fuga y posterior muerte de Pablo Escobar (y lo que ello tenga que ver con sus secuaces narcos( es parte de nuestra historia, y así como nosotros tenemos derecho a reconstruirla por los medios que queramos, hay otras personas que también lo tienen, y deberían ejercerlo. Adoro películas como El Rey y La Vendedora de Rosas, por supuesto, tanto como disfruto El Colombian Dream y El Abrazo de la Serpiente; el cine, la televisión —el audiovisual— es solo una forma más de contar cosas y de disfrutarlas. Dejémonos de dobles morales y aprendamos a disfrutarlo.
Prohibamos, claro, los desnudos, la violencia, el consumo de cigarrillo y licor en algunos horarios de nuestra televisión —por que que más da, toca, — pero no censuremos los contenidos: que cada cual determine qué quiere ver y cómo quiere verlo, con quién y cuándo. Que los padres acompañen a sus hijos, que los hijos consulten con sus padres, pero que no sea la sociedad la que coja el toro por los cachos y, en conjunto, guiada por el deseo de los recalcitrantes.
Ahora: pidamos que hagan buen casting y que la dirección de arte sea adecuada, qué se yo, peleemos por buenos directores y guionistas, no por las ideas. Tenemos que contarnos mejor las historias de La Violencia, hacer más películas como Cóndores no Entierran Todos Los Días y discutir entre nosotros sobre las cosas que constituyen lo que somos. Quiero una película de La Guerra de los Mil Días, quiero más películas del Bogotazo, quiero películas del Uribato y sobre las Farc, así como quiero más cosas como Confesión a Laura y Escobar el Patrón del Mal. Tenemos que reflexionarnos, revirarnos, alegarnos, escandalizarnos, aturdirnos. Y tenemos que hacerlos de todas las formas posibles: el ensayo no es la única manera de preguntarse cosas sobre lo que somos, las tesis doctorales no son para el gran público, como tampoco lo son las revistas indexadas ni todos los documentales. Hay que probar de todo, mezclar todos los medios y atacar nuestro síndrome de avestruz de raíz: tenemos que preguntarnos más cosas, quejarnos de más cosas, odiarnos por más cosas. Quizá así aprendamos a querernos más, a reflexionar más, a mejorar más.
Voy a ver Narcos, ¿y qué?





