Hace mucho no me sentía tan vulnerable, desolado y apesadumbrado. Al parecer no estoy tan preparado para mi vida adulta como pensé: soy un romántico, un conservador defenestrado, soy lo que era, lo que tengo, tenía y, hoy, no soy lo que tendré. Soy lo que murió el domingo, lo que vive desde la cuaresma del 83 y, sobre todo, soy mi memoria, soy mis recuerdos.
Ley #1: "La memoria es al hombre lo que las bases a un edificio, lo que las faldas a Manizales, lo que la arepa a mis comidas".
1. Int. Noche. Casa de Familia. 'El Apartacho'.
Viene de negro. Al fondo oímos música instrumental, también a alguien teclear rápidamente en una máquina de escribir. Estamos en un cuarto pequeño y oscuro, en las paredes hay varios afiches: Chaplin y Coca-Cola, Einstein en Blanco y Negro (BN), Sir Baden-Powell of Giwell en Sepia y un Mosaico hecho con cajitas de Chiclets Adams. Hay merchandise de Coca-Cola por doquier, una cama de la que por debajo sale otra y un viejo TV en BN con carcasa de madera.
Al fondo hay un pequeño pasillo que termina con una puerta que separa el cuarto del garaje de la casa. Otros dos cuartitos aún más pequeños están a lado y lado del pasillo; uno de ellos es el baño, el otro es un cubículo hecho en madera y vidrio esmerilado desde el cual proviene la música instrumental. Allí está Iván oyendo música, tecleando y preparándose para grabar.
En una silla de madera sin espaldar vemos a Ricardo, su hijo, un niño gafufo de unos 10 años. Lleva su ya gastado uniforme de la Selección Colombia del 90, medias blancas y tenis grises. En sus manos tiene dos figuras de acción de Gi-Joe con los que juega haciendo sonidos con su boca: "Puuum, Slashhh, toma, yo soy mejor, te acabaré, ya verás"
Desde el cubículo oímos que el tecleo en la máquina de escribir termina. Iván, con voz grave y tono fuerte habla, luego escuchamos como saca la hoja de la máquina.
Iván: Richiii! Silencio pues ya porque voy a grabar.
Ricardo, atento, asiente con la cabeza y se dirige hacia el cubículo con sigilo mientras oímos que Iván para la música de sopetón, abre la casetera, saca el cassete e inserta otro. El niño ya está cerca del cubículo, se asoma por la puerta y ve a su padre de espaldas. Iván, de camisa blanca manga corta, tiene un papel en su mano y con la otra apreta Rec+Play de la grabadora.
Iván: Buenos días a todos nuestros oyentes, hoy, sábado en la mañana, inicia Pérfiles Periodismo de Opinión.
Oráculo #1: "Mucho lo quiero pero llorar no puedo".
Está tan claro en mi mente que dejó de ser un pedazo de memoría, por cinco minutos fue sólo un momento más. Ése es tal vez el memorando más significativo de mi primera conexión con la radio, esa compañera analoga que ha estado presente en casi cada día de mi vida desde hace tanto y que hoy me tiene de luto. Recuerdo el programa de mi papá, Pérfiles, que se oía en la Voz de los Andes los sábados en las mañanas; recuerdo cómo se preparaba, cómo lo grababa y recuerdo los casetes en los que lo entregaba. Bellísimo rito, bastante normal para mí por aquella época.
Luego, con los días y años, me hice cada vez más dependiente del sonido gangoso que producen los radios cuando se sintonizan en am. Por César, mi hermano, recuerdo la chillona risa del 'Descachao', la espectacular y nunca honrada entrada del Hermano Saulo en la Zaranda y los insucesos característicos de don Hipocondrío. Por el fútbol recuerdo el jingle de la Panadería San Francisco, patrocinador de todas y cada una de las entrevistas de Olmedo Correa y Correa. La radio es eso, una compañera inseparable, casi irrompible y que tiene don de la obicuidad. Es variopinta, tersa, tierna y viperina. La radio no te deja estar solo. Si te aburres le bajas, si te molesta cambias de dial, si te cansa te espera, si te vas vuelve por tí. La radio no es sólo música, voces, noticias o directos. La radio es narración, la radio es misterio, la radio es imaginación.
Ley #2: "Radios hay muchos, como el mío ninguno, como el suyo, tampoco".
Creo firmemente que el silencio es, más que la contarparte, el complemento del sonido, creo en el poder rehabilitador de la imaginación, creo que la vida no es nada distinto a lo que es y que uno no debe aferrarse a lo que tiene. Las posesiones materiales son pasajeras, pero definitivamente todas y cada una de las cosas que pasan por tus manos tienen un significado, a veces mayor, a veces menor, pero significado al fin y al cabo. Por eso, y tal vez por nostálgico, creo que se debe respetar la historia de lo que se pierde, de lo que se abandona, de lo que se va.
Hoy debería llorar, debería vestir de negro, debería hacer una novena, debería expulgar mis penas pero no puedo, ando por aquí escribiendo. Y es que no encuentro mejor manera de homenajear a Highlander: mi radio finado, mi radio destartalado, mi radio desaparecido, mi radio, mi radiecito, mi radio.
Sí, perdí, el pasado domingo perdí. El último y más querido representante de ese inmenso listado que ha pasado por mis manos ha dicho adiós para siempre, para no volver. Highlander ya no va más y nada puedo hacer. Atrás queda el día en que mi Papá me lo regaló, atrás quedan 5 años al sol y al agua, atrás queda el economizador de pila, atrás queda aquél que estuvo encendido durante días y días sin parar, atrás queda el compañero de cotejos y festejos. Atrás queda Highlander.
Oráculo #2: "Ni suena ni truena".
Richitelli.