Estrenar computador es estrenar manías, organizativas pues. Cuando cambiamos de computador, hablando desde este momento de nuestro desarrollo como sociedad, cambiamos también una cierta forma de ver la vida: tenemos nuestra actividad en el mundo reflejada en una serie de circuitos que de alguna manera, tan científica como mágica –dependiendo de donde tengamos puesto el turmequé de la fé– se nos presenta visualmente en un espacio que por ahora, y no por mucho, es de cuatro paredes: fronteras, bordes, píxeles. Somos pixeles.
Nos enfrentamos a nuevos viejos dilemas: dónde poner las fotos, dónde los libros, dónde los recuerdos, dónde las emociones, dónde las deudas, los deberes, derechos, reclamos y san alejos ¿A dónde se supone que va nuestra memoria? No se me haría raro que en un futuro no muy cercano publicaran –si no está publicada ya– alguna investigación que arguyera sobre la posibilidad de que tanta interactividad tecnológica y tanta archivadera digital está menoscabando una de dos cosas: nuestra capacidad para recordar o nuestra capacidad para olvidar. Una de dos. Los discos duros son armas de doble filo. Ahora ¿cómo organizamos este chicharrón?
Simple: de la manera más conveniente posible. A mi me conviene, en este caso, recuperar, catalogar y y planificar mi investigación académica, pero antes organizaré mis fotos porque tengo una impresión pendiente –una grande y hermosa, una recordable y escible– que irá a parar a algún espacio de mi hogar: una suerte de ancla, una especie de faro. Acto seguido, dirán fallido, querré enfrentar el infernal desorden de mi producción personal ¡Cómo me gusta decirle así a lo que sale de mis haceres! Ese profesor mío de cuarto de bachillerato estaba muy loco pero dio en el clavo con esa definición: no somos más que producción personal. Fabricantes de nuestros decires, de nuestros ires y venires.
Mamba Out. Digo, Richitelli Out.