Hace unos días encontrábame en un ágape con un par de mis mejores amigos y nos enfrascamos en una discusión -etílica sí, onírica no, no recuerdo, y mucho menos fatídica- sobre la apreciación del arte y las sensaciones que nos produce, o producirían, a unos y otros. He de decir que nos considero sujetos poco convencionales, poco distintos, tipos comunes, como todos; pero que nos quiero a todos así: disimiles, parejos, disconformes, ecuánimes, dispares, rupestres, desavenientes; humanos.
Ley #1: "El arte es al hombre lo que el hombre al arte: una discusión eterna, interna y externa, sobre el sí mismo"
La comunicación, el raciocinio y el arte son el mágico tridente de conceptos que nos separa de los animales y nos hace lo que somos: Humanos. Perecederos, sí; terrenales, corpóreos, mortales pero también personas, entes: individuos individuales e individualistas. Somos efímeros en tanto -y sólo en esta dimensión- dejamos de ser articuladores de lo que pensamos para ser artículos inoperantes, irracionales, mera bestias sin el prodigioso don del lenguaje y la interlocución, compartida o introspecta, pero interlocución en definitiva. Y así, miquitos depellejados pensantes y tal, tenemos infinidad de formas de acercarnos al arte; de entenderlo, quererlo, odiarlo y apreciarlo. Eso es lo mejor y lo peor que tenemos: que somos distintos y razonamos distinto.
Oráculo #1: "Amigos y libros, pocos y buenos"
A dicha discusión llegamos al hablar sobre visitas a museos y el romanticismo propio de presenciar una obra de cerca. "Yo si no puedo morirme sin ir al Louvre a ver La Mona Lisa", dijo Leonardo, a lo que asintió Alvaro con decisión y pasión. Yo, en cambio, dije que no me mataba la idea de ir a hacer una cola eterna para ver un cuadro que puedo encontrar en internet ¿Pero cómo así? encasquetó Alvaro, con algo de rabia, "Es que esas cosas hay que verlas, vivirlas, hay que estar ahí".
Claro, hay infinidad de obras. Maravillosas pinturas y esculturas, grandes museos llenos de historia y elocuentísimas manifestaciones artísticas que nutren nuestra propia y única, y diferente, y simplona, o sofisticada forma de ver el mundo. Pero si son en 2D pues las puedo ver en libros, en internet y hasta las puedo imprimir. Lo mejor de la industrialización y el desarrollo tecnológico que hoy vivimos es que el arte se democratizó; las ideas e interpretaciones de lo que fuimos, creimos, percibimos y creamos están ahí para que cualquiera las consulte sin tener que hacerle venia a un celador-monje ciclotímico en algún museo cuaternario y estafador. Yo hasta pagaría por ver un Caravaggio, pero si cerraran el museo para mí solito y me dejaran tomarle fotos con flash.
¿Qué de bueno tiene escuchar a un escritor hacer lecturas de sus escritos? para eso estan sus libros, digo. Ahora, otra cosa muy distinta pasa con una obra de teatro, un happening una instalación o un concierto. La música está por ahí en discos y grabaciones -y pasa lo mismo con montajes dramáticos y performances-, se puede escuchar, pero cuando un músico interpreta lo suyo en vivo, hay un largo trecho lleno de diferencias entre lo uno y lo otro, su obra musical toma otro tono, se vuelve otra, evoluciona, cambia. Hay expresiones artísticas que necesitan de presencia y a estas atiendo con ahínco; empero, yo no me voy a partir el lomo haciendo una fila eterna para ver un cuadro de lejos que ni puedo tocar y del que ni siquiera puedo estar seguro que sea el de verdad, porque no seamos tan ingenuos, es decir: no nos hagamos los tarugos.
Ley #2: "La Vida imita al arte más que el arte a la vida (Oscar Wilde)"
¿Está usted seguro de que aquello por lo que pagó 60 dólares de entrada para ver, luego de esa agotadora cola, en realidad era un Picasso, un Rembrandt, un Goya o un Dahli?, yo no. La Mona Lisa ya se la robaron una vez en 1911, por ejemplo ¿quién me confirma que lo que hay en el Louvre no es la copia más fiel que el dinero puede comprar? -porque yo sí ví 'El Caso de Thomas Crown' y si Pierce Brosnan lo logró, cualquiera puede, claro, la vida imita al arte- ¿y quién me asegura que el verdadero lienzo de 77x53 que pintó Da Vinci no está escondido en alguna bodega recóndita de The Skull & Bones, los Illuminati, el Buckingham Palace o El Vaticano, nadie.
Es más ¿cómo hacemos para comprobar que La Mona, sí, la Lisa, no está en propiedad de un narco colombiano venido a más?, de todo pasa en la viña del señor y estamos en el país del Sagrado Corazón. Aquí vinieron los Rolling Stones a darle un concierto privado a Pablo Escobar, que casi se toma el poder creyéndose el Robin Hood de la amapola. Somos la nación que vio a Virgilio Barco acabar con trenes y cables. Estamos en el país en el que las cosas pasan a espaldas del presidente y en el que otro presidente -por así decirlo- al que se le llama liberal y literario, poeta y doctrinario, afirma que no se sabrá la verdad sobre el palacio hasta que él, su dueño, portador y malhechor, haya estirado la pata.
Así las cosas, tristes y colombianas y todo lo que quieran, La Gioconda podría perfectamente estar colgada con una puntilla de acero en algún temperadero de la unión Valle "Capital mundial de la uva espacial". Porque si bien podría estar en el museo Rayo, no creo que el maestro se hubiera prestado para tal atrocidad. Es que una cosa es que se la roben, pero ¿se la imaginan con un marco enchapado en oro?. Mis amigos y yo la imaginamos rodeada con Luces de colores titilantes, puesta en una mesa de marmol en medio de una exhuberante -y fea, muy fea- fuente de agua poco natural. Es que por ahí lo mínimo que puede fluir es champán o algún vinito del más añejo de Grajales "La otra leyenda del Vino (lavó y se fue)". Además, para ahondar en esta infinita y triste posibilidad, el sitio está rodeado de velas y velones bendecidos. Hay humo por todas partes, huele a incienzo y en la mesita de marmol hay todo tipo de artilugios religiosos y de índoles adivino-dependientes. Es que a nuestro narco; católico como el solo, cristiano como ninguno y creyente acérrimo de su santísima trinidad, le dio por creer que esta -La Mona Lisa, La Monna Lisa, La Joconde, Madonna Elisa- no es más que un retrato de su majestad la Virgencita, y, entonces, ha de prenderle todos los días una lucecita por el bienestar de sus negocios y la felicidad de sus hijitos, una prole que, según él, está en vía de extinción.
Oráculo #2: "Al mal tiempo buena cara, a lo hecho pecho y a Narco ocioso, culpo culposo".
Richitelli.


