Muy curioso yo, escapándole a esa labor oficinística y torturadora de la facturación, me otorgué unos minutos para pasear por la red (cosa que no volveré a hacer, evidente es que la curiosidad mató al gato) y en una revista; portal, magacín, melcocha, sancocho semiperiodístico web -que no nombraré, no les haré ese daño- creí toparme con la foto de un eminente Manizaleño, de los eminentes en serio, sonriendo al lado de un octogenario representante de la opresión y la corrupción, y recordé una anécdota tan estúpida como dicente, que marcó la imagen que a día de hoy tengo de aquel personaje, y que no me deja creer del todo en su eficiencia y honestidad, aunque sea muy honesto y muy eficaz.
Cierto es que la foto no era realmente de dicho señor, pero entrados en gastos, sigamos escribiendo. No como entero, más bien mastico mucho y prolongo mi estancia en la mesa (o cualquier otro lugar idóneo, o no, para deglutir) en tanto no haya hecho mis paces con aquello que he de digerir; pero el problema no somos mi solitaria y yo, o mis caprichos alimenticios y mi persona, no, el tema son unas papas fritas y su ejecutor, un paté muy delicioso y su defecador, un hijo pródigo de la ciudad que tanto amo y la posibilidad de más tajadas, perdón, papas.
Oráculo #1: "Si come y no se ensucia es un sujeto de abundante astucia".
Hay muchos lugares en los que uno se puede sentir manizaleño, incluso los hay en muchas partes distantes de Manizales, como Chapinero Alto en Bogotá y la mayoría de agencias de publicidad de este país, pero no hay tantos en los que uno se puede sentir, además, hincha del Once Caldas, invitado de medio pelo y atracado por un ex alcalde tragaldabas. Bueno, está bien, tienen toda la razón, lo acepto, mil disculpas; seguramente sí los hay.
Es decir, en el primer piso del edificio al que me refiero funcionó durante mucho tiempo un restaurante (de clase alta, o media alta, o casi alta) con gran acento Once Caldista, pero a eso tampoco me refiero. No es el sitio más caro de la ciudad pero no es, de lejos, el más barato. Allí viven personas que no son de estrato 1 ni 2 y no las conozco a todas, pero a las que sí (2), les reconozco que son de un buena gente subido, pero eso tampoco viene al caso.
El tema es que una noche cualquiera (por no decir 'Que día', expresión que aborrezco) estaba ahí en uno de esos apartamentos bonitos con mirada al cerro de oro (templo de la rumba hasta el amanecer y Olimpo del rockero-electro-regeto-vallenatero de la veintitrés) en una especie de ágape; cumpleaños, grado o confirmación, porque de que no era un bautizo sí estoy seguro porque había homenajeada, y allá estaba él, el sujeto en cuestión.
Ley #1: "El hambre es una, la gula otra y la ambición otra; todas paridas del mismo estómago".
Entré pues al apartamento, dieronme gaseosa y pasaron por mi lado con una coquita con papas fritas y paté, o una salsa, o un ungüento muy rico, algo así, rico; agarré, unté y comí, no exageré (hubiera querido pero aquél no dejó, y había mucho). El lugar estaba repleto; señoras manizaleñas encopetadas con bolsos grandes y tacones apropiados para cada falda, señores manizaleños con mostacho y bien peinados; estábamos también los padres de la homenajeada, novia de un amigo, mi amigo el novio, otro amigo y yo. La música no nos gustaba, no había con quién más hablar que entre nosotros y no era lugar para quedar mal (aunque eso siempre lo hiciéramos bien), no íbamos a estar mucho tiempo y teníamos hambre, como casi siempre, cosa que no era nuestra culpa; hay temas biológicos incomprensibles y el deseo permanente por comer de unos jóvenes rebeldes y trabajadores que pasan sus días pensando cambiar la historia del cine colombiano en dos. Antes y después de ustedes, digo, nosotros; ustedes entenderán.
Y estaba el señor, muy elegante él con su vestido no comprado en el Ley, pensemos que en El Exclusivo, sus zapatos italianos, su corbata oscura y su camisa blanca más impecable que las arcas del Blanco Blanco cuando por allí pasó aquella honorable auditoría. Obviamente este señor nunca fue un héroe para mí, pero la imagen que tenía de él era la de un sujeto respetable, trabajador, admirado por la ciudad y que había sido alcalde, uno de los pocos decentes que había visto la ciudad que me escuchó nacer.
¿Cómo se le puede creer a un señor que en la televisión (y en La Patria también, no puedo decir lo contrario) se ve amable, sonriente, ganador y poderoso, y en una fiestica de cumpleaños (en este momento ya creo que era un onomástico, creí ver torta pero no la probé, creo que sufrió el mismo destino de las papas) está retraído en una esquina, sin hablar con nadie, comiendo papas como si sufriera síndrome de abstinencia y hubiera encontrado en esos pedacitos de tubérculo fritos aquél remoto sabor a vodka? ¿cómo?, esto es, ¿Cómo no se le desbarata a uno esa imagen de adalid prominente y de juicioso político, de mecenas y bienhechor, de ingeniero y precursor del templo del combinado de mis amores, cómo, si se le encuentra saltando (por no decir asaltando) de coca en coca por casi una hora las papas a las que mis amigos y yo, les queríamos dar una segunda oportunidad?
Oráculo #2: "Indio comido, indio ido, indio malagradecido, indio mal..."
Cuando estaba pequeño creía que las personas con poder, reconocimiento y sonrisas amigables estaban todas en niveles heroicos, que pensaban en el bien antes que en el mal y tenía clarísimo que corrupción era una palabra que no entendía; cómo es de triste despertar de la niñez y entender que no hay votos milagrosos, que no todos somos decentes y que no toda sonrisa es heroica.
Sí, me gustaría que el mundo estuviera tan lleno de héroes que la definición de dicha palabra perdiera todo sentido, que la virtud fuera corriente y las hazañas comunes; pero no es así. No es tampoco cuestión de apariencias, que son tan engañosas como una caja de dientes. De aquel señor no puedo decir que sea corrupto, no puedo decir que sea ambicioso, no puedo, tan siquiera, decir que me caiga mal. Sé que ha sido dos veces alcalde de Manizales y que le fue mejor en la primera, sé que hoy es ministro y sé, también, que cuando estuvo en el glorioso no hizo lo que prometió, limpiar la casa, pero tampoco puedo decir que haya hecho mal. No puedo decir que sea una mala persona, no puedo decir que sea una buena. No, no puedo y no quiero, porque este texto va para otra parte, y es a las papas.
No hay nada malo en las primeras impresiones, no lo hay, pero son mejores las segundas y las terceras. Una papa, en principio, puede verse sucia ahí toda llena de tierra, luego puede verse feíta toda cafecita y llena de huecos, y luego toda pálida cuando está pelada; pero no deja de ser una papa, que puede estar podrida o no, saber rico o maluco, pero para saberlo hay que comprarla, lavarla, pelarla, abrirla y cocinarla. El señor tenía hambre ese día, y mucha seguramente, yo también. ¿Se comió todas las papas?, sí, o no, tal vez fueron unas pocas, pero mínimo como era el único sujeto reconocible de esa fiesta pues la cogí contra él. Puede que cada que alguien comiera una papa yo viera su rostro, quién sabe; la verdad no me importa. No me afecta, no me interesa. El señor aparenta ser bueno en lo que hace y come muchas papas, de eso no me retracto, es lo que vi y es la impresión que me quedó, algún día tendremos una segunda, ojalá sea mejor.
Ley #2: "Papa es papa aquí y en cafarnaún. Primera impresión, Segunda impresión tu papá".
Richitelli.