Contador Llano

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Thursday, October 14, 2010

Cuando me afeito. Apología a la afeitada.

Hasta hace algunos días no había podido descifrar el verdadero valor de una afeitada. Siempre creí que este era un menester más de los que tenemos todos y de los cuales no nos podemos apartar, no obstante, he llegado a la conclusión de que no hay un ritual que defina con mayor precisión y emotividad la masculinidad que el acto este de quitarse unos cuantos pelos de la cara. Somos machos y nos afeitamos a cada tanto.  

Ahora, por macho entendamos a un sujeto de sexo masculino con cualesquier tendencia sexual porque para los efectos de una rasurada facial esos no importan mucho. Tengamos mucha o poca barba, pareja o dispareja, rubia o negra, lacia o crespa; todos, todos los hombres tenemos que hacerlo en algún momento, y después de ese día, después de la primera vez, ya nada es igual.

¿Será que me dejo mi mostachito original un tiempito más?, dicen que la primera afeitada determina la calidad del bigote ¿Y las patillas?, esas están como feítas, parecen como de peluza. Pero es que a más pelos en la cara pues… y en el colegio hay mucho lampiño. ¿Le pregunto a papá, a mis hermanos o será que me arriesgo a ver qué tal es?. Papá tiene ese cosito que no sé si es un cepillo o una brocha para enjabonarse, pero qué jabón usará ¿o usará crema?. A Jorge nunca lo veo en esas, madruga mucho, y César tiene más juguetes ¿qué máquina compro, uso jabón o espuma? AHHHH. Patos al agua.

No recuerdo a quién le pregunté o sí lo hice antes de hacerlo por primera vez, de todas formas cada uno me dio consejos a lo largo del camino. Lo hice, me corté y me gustó, no me gustó, me gustó, no me gustó. Cosa rara esta la que me produce un concepto tan sencillo como afeitarse. A contra pelo o no, con crema o en seco, con cuchilla o prestobarba rasurarse produce una profunda sensación de vulnerabilidad.

En mi casa no todos sacamos esa piel tersa, fuerte y casi invulnerable que tuvo papá toda su vida (hasta que le dio por medir fuerzas con el mono jaramillo en la tenacidad del 41) no. Es mi caso, por ejemplo. No resisto el sol, los bellos me crecen pa'entro y me irrito con facilidad. Toda la vida me sentí inerme al enfrentarme a un bichito de esos que te rajan la cara en un santiamén. Y tengo el acribillador problema de que además soy neurótico, entonces jodido. ¿Pero y qué?. Pues sí, sufrí para encontrar el método ideal (gracias cio); esa armonía perfecta entre dejar que la barba crezca y no, entre dejar de cortarme y no, entre dejar de irritarme y no.

Uy! mechas qué le pasó - me espetó pluma blanca alguna vez en época de pelo en la espalda- ¿le llegó el aumento que se afeitó?. No jefe pero si me aumenta me afeito más seguido, al menos dos veces al mes.

No me afeito con frecuencia, es más, mi paso por el quirofano de la masculinidad a veces se prolonga tanto que ni me reconozco, pero cuando lo hago, lo hago con todo el cariño del mundo. Afeitarse no es como amarrarse los zapatos o secarse la espalda, echarse talco o desodorante; no es como cortarse las uñas o peinarse. Cuando uno se afeita tiene todo ese tiempo para decidir a qué se quiere parecer, qué quiere o no quiere reflejar.

Cuando me afeito tengo la incesante necesidad de verme a los ojos profunda y elongadamente para preguntarme para dónde va mi vida, qué ha estado mal y qué ha estado bien, cuáles son mis problemas y cuáles no; qué tiene solución y qué no. Cuando me afeito me toco con cariño y precaución, me transmito tranquilidad y premeditación. Cuando me afeito siento que el control de mi vida sólo depende de qué pelo cortaré después y de cómo solucionaré el problema de las sobras. Cuando me afeito - quizá como todo hombre, eso no lo sé -, me encuentro con ese lado vanidoso que olvidaré hasta la próxima vez. Esa próxima vez que siempre quisiera que fuera como la primera vez. 

Afeitarse es el único ritual que nadie debería hacer por nosotros. Una buena afeitada es el mejor mantra que podré tener, la mejor oración que me podré decir, el mejor sicólogo que podré tener, el mejor consejo que me daré. Afeitarme es encontrarme con mi yo y mi otro, mi pasado y mi futuro, mi presente y mi delación. No sólo corten sus bellos señores, aféitense una buena y cariñoza vez, como si fuera la primera vez.