Feliz día del periodista, del comunicador, del abogado, del médico, del contador, de la secretaria, del conductor, del paseaperros, del acomodador, del taquillero, del tramitador, feliz día mi gente, feliz día incomprendidos. ¿Cuál es ese afán poético y festejón que nos lleva a celebrar los días de las profesiones que ejercemos? Díganme porque yo no entiendo.
¿Por qué, !por qué demonios!, celebramos aquello a lo que nos dedicamos? ¿quizá porque el trabajo dignifica al hombre, porque nos define lo que hacemos, nos enorgullecen lo noble que puede ser nuestra profesión? Porque no nos digamos mentiras, tampoco, todos creemos que nuestras profesiones son las más nobles, las más lindas, las más preciadas. Los abogados son los más nobles, los maestros son los más nobles, los periodistas los más nobles, los médicos los más nobles.
Noble Patch Adams, noble Cristo, noble Buda, noble Yoda, Spock, Clark Kent, Peter Parker; nobles ellos, todos personajes cuyas historias fueron construidas desde el discurso de la ficción, más allá de su (verificable o no) origen real. A a mi no me vengan con la nobleza del periodismo, de la politología, de la investigación, de la heroicidad, de la filosofía o la lógica, no, no me vengan con la nobleza de ninguna ocupación, de ninguna, cojan oficio. Noble, lo que se dice noble, ni San Agustín, Descaretes, Verne, Aristoteles, Kant, Locke, Hume, Platón o James, ni siquiera nuestros pensadores más grandes. La nobleza, amiguitos, no es una cualidad ocupacional, es una humana, que es distinto, lo que no la hace, ni mucho menos, presente en toda nuestra masacradora raza ni en todas nuestras acciones diarias.
Dice la RAE que la nobleza puede ser: 1) la calidad de noble, de lo que dice que es un personjane honrado, generoso, sincero y leal o digno de estima por su categoría moral; o 2) el conjunto de los nobles de un Estado, personas de ilustre linaje, herederos de títulos reales; o 3) hablando de químicos, aquellas sustancias que no reaccionan con otras y permanecen inalterables, como el oro y el platino, entre los metales, o el helio y el argón, entre los gases.
Y, ¿entonces? La nobleza es y no es una cualidad, es eso a lo que deberíamos llegar si fueramos buenos humanos, al menos, pues, decentes humanos. Qué delicia que todos fueramos honrados, generosos, sinceros, leales; qué delicia, también, que esas calidades tan nuestras —una vez adquiridas, claro— las pudieramos endosar, heredar, y que nuestros hijos no las tuvieran que aprender; qué delicia que no tuvieran que recolectar de sus errores, que no sufrieran el dolor de la burla, del manoseo, la mentira, que no vivieran la injusticia y la prepotencia, qué delicia que nos heredaran una nobleza real e inalterable como la de los químicos, no un nobleza real, no una monárquica.
!Celebremos! Claro, qué más podemos hacer. El mundo se va a acabar, o al menos eso están diciendo desde antes de que la tierra era cuadrada, los malos no van a morir, la injusticia no va a acabar, la mentira sequirá igual, qué más da entonces !CELEBREMOS! Celebremos nuestros oficios, que es quizá esa única cosa tan nuestra como las uñas de nuestros dedos. Nuestras ocupaciones son lo único que nos define, porque son lo que hacemos, en lo que ocupamos nuestro tiempo, en lo que matamos nuestros sueños.
Ahora, hoy es el día del periodista ¿cierto? Ya recibí dos felicitaciones y no sé qué decir. Nunca pensé que la entrada número 100 de este blog hablaría, en alguna medida, sobre periodismo, quién iba a pensar. El periodismo marcó mi infancia, mi adolescencia y el principio de mi adultez, pero yo no me considero un periodista. El cartón de mi pregrado dice: Comunicador Social y Periodista pero nunca ejercí como tal después de estudiarlo; si mucho lo ejercí antes, por allá cuando hacía caricaturas para el periódico de mi papá o cuando tenía un periódico con unos amigos scout, el Scout Informativo. Creo yo, no obstante, más allá de que deteste el festival de la celebración, de que a uno deberían felicitarlo —si acaso— por aquello en lo que se desempeña, pero qué más da, gracias.
La pasión por la comunicación me llegó de mi papá y aún no sé por qué me caló, o sí, pero no viene al caso. Tuvo periódicos, tuvo un programa radial, escribió en La Patria. Toda, toda su vida, se dedicó a comentar la actualidad, a opinar de ella, a contarla. Pero esa no era su profesión, esa era una de sus pasiones. Mi 'apá' fue educador, es abogado, pero más allá de eso, es mi papá, un gran papá, un papá noble. Ese es un día que sí vale festejar, el día del padre, o el día de la madre, ah, mi mamá no es más noble porque el término se le queda pequeño. Pero aún así, siendo ellos tan nobles, tan hermosos, la celebración debería ser todos los días, a toda hora. Feliz día papá, Feliz día mamá, los adoro, les agradezco su nobleza.
Y es que sí, debo aceptarlo, esa gente que arma celebraciones indiscriminadamente, esa no es mi gente. A ver, pongamos un ejemplo ¿Por qué no celebramos con tanto ahínco el día del banquero? ¿Será que nos parecen agiostistas, que el mero hecho de que sean prestamistas de cuello blanco, nobles en el sentido casi monárquico del asunto, inalterables en el sentido químico, los hace menos merecedores de una celebración? En México les tienen su día, es el Día del Banquero cada 12 de diciembre; en Argentina también, cada 19 de junio lo celebran, país en el que además celebran —en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires— el día del Trabajador de Banco cada 6 de noviembre, que parece que no es lo mismo ¿acaso es más noble el Banquero que el Trabajador de Banco? Esas cosas con las que uno se encuentra, si seremos desgraciados los humanos ¿no? Ea.
Somos una parrandada de doble moralistas. El periodismo es noble porque nos informa y denuncia pero cuando nos miente y desinforma no ¿cierto? Periodistas buenos y malos hay en todas partes; festejemos con los buenos y denunciemos a los malos. Los abogados son nobles cuando defienden a inocentes pero ¿cuándo defienden a culpables no? Todos tienen derecho a una legítima defensa ¿o es que nos olvidamos de los derechos humanos y toda esa chachara? Ah, claro, y los banqueros, mi ejemplazo ¿acaso no merecen también su celebración? Nuestra sociedad está construida basada en la deuda, el usufructo nos sostiene, el lucro nos motiva, dejemos ese doble racero para medir todo lo que en la vida pasa. Nada es gratis en la vida, nada.
Ni en sistemas capitalistas ni en sistemas comunistas ni en sistemas digestivos ni en sistemas neurológicos. El lucro, es decir, la obtención de dividendos —de cualquier tipo— por lo que sea que uno haga es natural, naturalmente natural. Comemos para calmar el hambre, nos esforzamos para conseguir alimentos y para pensar procesos que nos permitan hacerlo de la manera más fácil y productiva posible, así, nuestro cuerpo obtiene sus dividendos al mantenerse funcionando. Producimos conocimiento (cultura, información, lo que sea) y nuestro cuerpo (porque nuestro cerebro es nuestro cuerpo, nuestras emociones son nuestro cuerpo) obtiene dividendos: calma su necesidad de investigar, su necesidad de emocionarse, su necesidad de vivir.
El dinero es lo que mueve esta sociedad no porque sea simplemente lucrativo en tanto productivo y enriquecedor sino porque es la forma más concreta que tenemos para materializar nuestro deseo innato de superación, nuestra deseo incesante por satisfacer ese animal que quiere ser más fuerte que los otros; somos una raza que devora lo que encuentra, y, siendo así ¿porqué no celebranos la mayor de nuestras creaciones, la más grande de nuestras metáforas, la institución que guía nuestro camino? Claro, el Día del banquero es, a su vez, el día de la hipoteca, del ajiotista, del préstamo, de la deuda, de la superación, de la compra, del capitalismo, de la explotación, de la desigualdad, de la lucha de clases, !mierda!.
Claro, pero como somos unos achapados que pensamos que el dinero es necesario pero demoniaco entonces festejamos cualquier otra cosa, o si celebramos el día del banquero —como en México o Argentina— lo hacemos con la excusa de dar una chocolata o un ramo de flores (que con comprarlas ya estamos celebrando el día del banquero, oiga) o el día del trabajador (para la igualdad de clases), de la tierra (para creer que somos ecologistas), del periodista (para creernos demotratas de la información), del tuitero, del community manager, del editor, del perrero, del hamburguesero pero no lo hacemos con la claridad que deberíamos.
Muchos son los que dicen que esas celebraciones nos permiten repensar nuestras profesiones, reflexionar lo que hacemos, y esa es la peor perogruyada que he oído. Si lo que tenemos que hacer para evolucionar —como sociedad, como raza, como gremio, como gente— es esperar a que cada año nos celebren el día de tal o cual cosa para preguntarnos qué estamos haciendo mal, cómo podríamos mejorar, qué debemos denunciar o cuál es la dirección a seguir entonces estamos es sonándonos la nariz sin papel hiniénico. La investigación es la madre de todos los avances; las preguntas solo producen respuestas, y más preguntas, y no podemos andar esperando que un día al año nos preguntemos cómo va el mundo, cómo van sus disciplincas, qué dicen los que saben sobre aquello que yo debería saber. Mediocres, somos una sociedad mediocre, somos una raza mediocre.
Pero celebremos, qué mas da. Celebrar el día del periodista es celebrar la historia, celebrar nuestra capacidad de poner en común aquello que pensamos y hacemos, es celebrar esa facultad tan nuestra de articular pensamientos y compartirlos con otros, esa forma tan nuestra de construir sociedad. Celebrar el día del periodista no es ir a desayunos, no es mandar flores, decir feliz día, contar cabezas caídas o preguntarnos qué es el periodismo una vez al año, no. Celebrar el periodismo es celebrar nuestra capacidad de autorreflexión, celebrar nuestra humanidad, es celebrar lo bueno que hicieron los buenos que nos antecedieron y denunciar lo malo que hoy hacemos, que ayer hicimos y que mañana haremos. Celebrar el día del periodista es no caer en el facilismo de hacer una pregunta sino en la díficil tarea de hacernos dos, y tres, y cuatro, miles.
Feliz día periodistas, felices preguntas.
Richitelli.