¿Cuántas veces ha escrito usted el nombre de su peor enemigo con mayúscula inicial, cobarde? Dígame, apreciado lector ¿cuántas veces ha insultado usted a sus contradictores con una palabra bien escrita, con una intencionalmente mal escrita? ¿Ha usted, docto visitante, menoscavado la aparente sueperioridad de sus detractores con un punto final? No lo sé, no me responda, al menos no lo haga si no piensa insultarme creativamente, si no piensa plantearme una batalla letrada.
Ser valiente, señores, no es darse golpes en la calle, no es poner bombas en los pueblos ni lo es asesinar inocentes. Ser temerario, humanos, amigos, no es acuchillar por la espalda ni de frente, no es disparar a matar ni a herir, no es creer que nuestra seguridad depende de qué tan armado esté el ejercito que nos corresponda, la guerrilla que nos corresponda, el criminal que nos corresponda o la vida que nos corresponda. NO, por ejemplo.
Ser valiente, colegas de raza, es escribir con minúscula el nombre de la gente que no te gusta, es deletrear esas palabras que necesitas se entiendan: "N O – M A T A R Á S", es escribir: NO cuando 'no' no es suficiente. Ser temerario, gente, es gritar de frente lo que pensamos a espaldas, relatar con calma lo que merece prisa, alegar con pasión aquello que urge, enumerar con exactitud eso que necesita cambio, eso que discutir se debe, eso que necesita solución, eso que N O – P U E D E – V O L V E R – A – P A S A R, eso por lo que vale la pena pelear. Pero, ¿pelear? ¿cómo? ¿no es éste un alegato por abolir las peleas, o no? ¿acaso hay otras maneras de solucionar nuestros dilemas que yéndonos a las patadas, escupiéndonos las caras, matando nuestros hijos, destruyendo nuestras escuelas, torturando nuestras madres, flajelando nuestras vidas, violando nuestros derechos, acaso?
Pues sí, yo lo he hecho, de eso quiero escribir hoy, de eso quisiera escribir mañana, por eso quisiera pelear el jueves, cualquier jueves. Yo prefiero la lucha de palabras, la puja simbólica, la contienda de la interpretación. Es cuestión, creería su humilde servidor, de proferir el argumento indicado y pelear con él, pelear por él, pelear junto a él, pelearle a él; es cuestión de, con todo, pelear en la esfera de lo simbólico, dar la lucha en el nivel de la razón incluso si nuestra contienda sea por derogar toda razón. No importa: peleemos, sí, simplemente no nos matemos, para qué.
Para qué masacrar, desenfundar, escupir, patear o matar si con escribir el nombre de nuestro némesis en minúscula queda todo dicho: minúsculo, por ejemplo. No estoy definiendo aquí el principio por medio del cual la evolución de las especies es lo que es, no nos digamos mentiras, tampoco sería capaz, apenas estoy proponiendo —si mucho, si acaso— que nos agarremos a palabras, que nuestras masacres sean relatos, que nuestras guerras sean novelas epistolares; a ver, lo que estoy diciendo, bueno escribiendo, es que, de ser necesario, acabemos primero con nuestras lenguas antes que con nuestras lenguas, pues. Usemos el lenguaje como arma, las palabras como armamento, dejemos que las letras sean nuestra munición.
¿Cuántas veces ha escrito usted el nombre de su peor enemigo con mayúscula inicial, cobarde? Más vale una minúscula bien puesta que una mayúscula inmerecida.
Richitelli.
La banda sonora de este post:
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