Hace casi 9 años escribí este texto sobre una señora amabilísima llamada Luz Eliza Martínez como parte de un ejercicio universitario; nunca salió publicado, seguramente no lo merecía. Pasó el tiempo, abandoné Manizales, cerraron el hospital, lo reabrieron (¿sigue siendo un hospital?, yo aún no entiendo) hicimos un remedito de documental con ella y, luego, nunca la volví a ver ¿qué será de ella?, qué historia tan bonita la que me contó. Se las comparto.
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Si de sobrevivir se trata,
la desgracia de los demás también sirve.
“Ni prostituta, ni ladrona, ni asesina”
Es viernes, son las 6:30 am. El Sol se asoma con disimulo, Luz Elisa ya alista empanadas, buñuelos, tortas de choclo y todos los productos que vende para vivir. Su jornada se prolongará hasta las seis de la mañana del sábado siguiente.
La semblanza de una mujer Gordita, vestida siempre con un delantal blanco, que organiza sus grandes gafas de vez en cuando y fuma de cuando en vez, como dice, no es siempre la primera imagen que se ve en la sala de urgencias del hospital Universitario de Caldas pero sí es el recurso más inmediato para escapar del frío y la incertidumbre que genera la espera del ser herido... perdón, querido.
Luz Elisa Martínez de Cuervo es una de las tantas personas que vive de la muerte, las enfermedades y la tristeza de otros. La Gordita, como le dicen en el sanatorio caldense, sitio en el que trabaja, es una mujer de 45 años de edad, madre de Alejandro y Santiago, viuda hace 24 años, abuela de Santiago y Laura, y dueña de tantas enfermedades como décadas de vida. Lleva 8 años levantándose con los pájaros y acostándose con los búhos en el afán de vender sus cositas.
“Ella es una señora muy graciosa y trabajadora, uno la ve todos los días en el hospital vendiendo de todo y cualquier hora, además siempre está riéndose”, comenta Juan Carlos Pineda Ruiz, interno en Medicina general y uno de sus más fieles clientes. La señora Martínez de cuervo se levanta de lunes a viernes a las 6 de la mañana para trabajar la jornada entera hasta las 6 de la tarde; los viernes, cuando inicia el fin de semana, trabaja hasta las 2 o 3 de la mañana porque, con exactitud, a las 18 horas militares cambia su sitio de venta.
Entre semana La Gordita se ubica todo el día a unos cuantos metros de la entrada principal del hospital, pero los viernes, “muy a las 6 de la tarde estoy cambiándome para urgencias porque es donde hay más movimiento por aquí”. Luz Elisa no sabe si trabajar de día o de noche le da más dinero, sin embargo, sí está segura de que las historias de muerticos y heriditos que conoce los fines de semana nunca se le van a Olvidar.
“... uhmmm, es que por acá me toca ver cosas muy tristes, por ejemplo 2 historias que recuerdo mucho. Una pareja que trajeron en un tasi muertos todos 2. Eran un par de jóvenes, les pegaron y les dieron tiros. Cuando llegaron ya no había nada qué hacer y...” no sólo historias como esta narra la única vendedora de tintos, cigarros y confites de las noches hospitalarias.
Esta mujer siempre cuenta lo que recuerda de forma calmada, con una delicada sonrisa en su boca y muchos ademanes en sus dos manos, que por cierto, pequeñas y gorditas se parecen a las Winnie the Pooh. “...el 8 de diciembre del año pasado un muchacho que trajeron de Anserma con una puñaleta clavada acá en la Cabeza (señala el centro de su cráneo con una de sus manos), lo recuerdo mucho porque vino vivo, normal, pero con la puñaleta acá en todo el centro. Ese día no pudieron hacer nada porque no estaba el cirujano, al otro día que le sacaron la puñaleta el muchacho falleció.”
“ENFERMITA Y TODO, AMO LA VIDA”
“Puede que desgraciadamente yo sobreviva de la desgracia de las otras personas pero qué podemos hacer, soy muy necesitada y muy enferma y de algo tengo que vivir”. La Gordita es una mujer fresca que charla rico y vende tintos a las personas que siempre esperan la peor noticia.
A los 15 años se casó con el Señor Arturo Cuervo García de 56, según ella porque lo que le interesaba no era “la plata ni que era adinerado, sino la persona, la personalidad”. Su esposo era dueño de 3 panaderías, 3 hijos y unos cuantos pesos más que ella. Cuenta Luz Elisa que cuando él murió, 6 años después de haberse casado, sus 2 entenados (o hijastros) la echaron de la casa, le quitaron todo el dinero y sólo le dejaron su ropa, los conocimientos en hornería, panadería y pastelería que le había pagado don Arturo en el Sena y 2 bocas hambrientas que alimentar.
“Después de que me dejaron en la calle me tocó ponerme a trabajar a lo bien, porque yo nunca he sido ni prostituta ni ladrona ni asesina. Yo he trabajado honradamente. He sacado gravilla y arena de los ríos, cargado volquetas, pintado casas, he sido empleada de familia y pues ahora vendo mis cositas, desde que me enfermé”.
Sí, desde que se enfermó. La Gordita es una mujer que carga a sus espaldas problemas asmáticos causados por los fríos que recogió trabajando en los ríos y los residuos de polvo que acaudaló cuando hacía bolsas para empacar papa con las que sobraban del cemento de las construcciones.
Martínez de Cuervo es -si el asma parece poco- una mujer que no sabe si por sus genes o por el estrés de la vida que ha llevado ya tiene un preinfarto encima, lleva 22 años como paciente siquiátrica y está semi-invalida por culpa de una sobredosis de anestesia que le aplicaron hace 10 años en una operación de várice en el Hospital Universitario, lugar en el que consigue la platica para vivir.
Su hijo Gustavo dice que su “mamá es un alma de Dios que ha sufrido mucho y que se lo merece todo”, pero hay un problema: no lo demuestra. Siempre está allí sentada, echándole ojo a lo que pasa en urgencias, a cuantos muerticos pasan para la morgue y cuántos heriditos logran vivir más de una noche.
La Gordita dice que no va a dejar de vender tintos, milo, aromática, buñuelos, pan, empanadas, sanduches, leche caliente, dulces ni cigarrillos, ella y solo ella va a proveerle a los desdichados y a los tristes un tinto para pasar la pena, para esperar el milagro o simplemente para sobrellevar el frío de las noches manizaleñas.
PS: aquí les dejo el documentalito, depronto la reconocen.
Richitelli.
