País endemoniado y de doble moral en el que residimos, nación corrupta y malintencionada a la que pertenecemos, sociedad xenófoba y separatista la que nos congrega, no somos nada, ¿país?.
Ley #1: Reconocernos como diferentes es lo que nos hace excluyentes.
Un día el director técnico de la selección nacional de fútbol de su país, a la salida de un bar de chistoso nombre y dudosa procedencia, golpea 'brutalmente' a una mujer; el asunto se vuelve público y los testigos son entrevistados en todos los medios de comunicación. La nación se escandaliza. Grandes plumas, padres de familia, voces de influencia, amas de casa, políticos de renombre, políticos en busca de un nombre, políticos sin nombre, periodistas en declive, periodistas en ascenso, hermanas, tíos y otros muchos indignados escriben en su contra, hablan de su crimen, le exigen que renuncie, piden su cabeza.
Otro día, algunos meses antes del otro –el día en el que aquel técnico cascaba a la dama que le acompañaba–, el gerente general del equipo de fútbol de una ciudad intermedia (muy intermedia), en una reunión de fraternización entre empleados, directivos y equipo técnico, rompe la nariz de uno de los jugadores; el asunto se vuelve público y los testigos son entrevistados en todos los medios de comunicación. La ciudad casi se escandaliza y el puñetazo se vuelve –más o menos– noticia nacional. Pequeñas plumas, algunos padres de familia, voces con alguna influencia, una que otra ama de casa, algún político, uno que otro periodista, el papá de la víctima, el tío y algunos otros indignados se manifiestan en su contra, hablan de su crimen, le exigen que renuncie, piden su cabeza.
Oráculo #1: Negro con saco, se pierde el negro y se pierde el saco.
A la mujer golpeada por el técnico nunca le vimos la cara, no denunció el ataque ante las autoridades; el técnico, a través de un escueto comunicado de prensa, aceptó que la había 'levantado', pidió disculpas y renunció a su cargo. Al jugador le oímos relatando cómo su jefe le había golpeado sin ninguna provocación, no hubo denuncia; el púgil, digo: el gerente, también aceptó haber atacado al jugador de su equipo –su empleado– sin previa provocación. Pidió disculpas, se justificó y no renunció. Los jefes del técnico decidieron no aceptar su renuncia, los jefes del gerente decidieron no exigirle la renuncia.
Ley #2: El problema no es la violencia, el problema es que decidamos perdonarla.
Los hinchas de la selección, pasado el escándalo del 'manotazo a la dama', hoy se preocupan más por saber quién será el nuevo técnico; los hichas de aquel equipo de ciudad intermedia hoy se preocupan más por saber si su equipo perdió o gano ¿No nos importa si la federación de fútbol patrocina el maltrato o la exclusión, cierto? ¿no nos importa si nuestro club profesa amor por el encarcelamiento, no nos importa si aceptan la vejación? Nación olvidadiza y ambibalente.
¿Por qué es más grave que le peguen a una mujer? ¿acaso es más fácil aceptar que le peguen a un jugador de fútbol? ¿será porque es negro, porque no fue a la universidad, porque no quiso seguir trabajando en un equipo en el que no le pagan? Somos un combinado de racistas escondidos detrás del título de sociedad humanizada e incluyente. Pareciese que nos limpiamos la suciedad de entre las posaderas con las páginas de esa constitución pluriétnica y multicultural que tanto celebramos, que tanto modificamos, que tanto ignoramos.
Oráculo #2: A la mujer no se le pega ni con el pétalo de una rosa
Eso dicen, yo diría: a nadie se le pega ni con el pétalo de una rosa, y ahí si vamos jugando. Sí, hay hombres que le pegan a las mujeres y hay mujeres que les pegan a los hombres, hay maltrato físico y psicológico, hay maltrato laboral y familiar pero asumamos de una vez que la violencia es mala en cualquier presentación y empaque, negarla no es la solución; hace parte de lo que fuimos, somos y seremos. Ahora, si vamos a juzgar actos violentos hagámoslo en territorio de igualdad, no en uno en el que unas cosas son más graves que otras. Si vamos a dar segundas oportunidades, con las que estoy totalmente de acuerdo –porque todos las hemos necesitado alguna vez– , hagámoslo desde un discurso de perdón y reconciliación, pero no desde uno que olvida y clausura, no desde uno que prefiere negar que discutir. La ambigüedad de los discursos con los que defendemos nuestros intereses va a acabar con aquello que llamamos ética, con aquello que nos deja diferenciar el bien del mal. No nos echemos pues el cuentico de que el futuro de la humanidad depende de olvidar lo que nos averguenza y desprendernos de los que no están a nuestro nivel, a otro tintero con ese descafeinado. País.
Richitelli.