Contador Llano

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Friday, March 18, 2011

Simple simpleza: adultez en un par de chanclas.

Ayer llegué a la conclusión de que si hay algo que pueda definir la adultez -al menos en mi caso- con una muy simple simpleza es un buen par de chanclas. Sí, en serio ¿Qué sería de la vida de todo adulto reconocido sin un buen par de babuchas, sin unas chinelas calurositas, sin unas zapatillas de descanso apropiadas para el frío inclemente o el sofocante calor? ¿qué sería de mi vida, para ponerme como ejemplo, como carne de cañón, sin esas sandalias de caucho viejo que uso todas las noches?.


Acabóse
Insomnio
Desastre
Dolor de pies
Catástrofe
Suelo frío
Ruina
Cosquillas
Infortunio
Golpes con esquinas
Inevitable
Pasto mojado



Cuando era pequeño vivía sin ataduras, no me molestaban ni la suciedad del asfalto callejero ni el frío de una baldosa ni el cosquilleo que produce el pasto recién cortado. Cuando niño no quería reglas, no quería rutinas, no quería manías. Cuando niño prefería la libertad de una carrera descalza a la comodidad de una caminata cubierta; llegaba a casa y quitarme los zapatos era darme el lujo no tener que amarrarlos al verlos sueltos, de no tener que abandonarlos al tirarme en la cama; el lujo de no tener zapatos sino pies. Tal vez era la necesidad de sentir que estando de pie -y descalzo- mi cuerpo se unía con el mundo, la necesidad de sentir que la vida es una asunto real y no un sueño, la necesidad de sentir que la gravedad no la producen los zapatos o los pies, que no la producen el cuerpo o el alma, que no la producen Dios o el mundo, que simplemente está; ahí. Pero no, ninguna respuesta me fue revelada a esas preguntas que nunca me hice; creo que era cosa de no querer ponerme zapatos y tampoco chanclas, era cosa de simple simpleza. 

Hoy puedo decir que al usar chanclas defino mi vida de adulto. Esto es: al usar chanclas le anuncio al mundo que no estoy tan seguro de querer sentir el frío roce de una baldosa, al usar chanclas arguyo que la sensación de comodidad es una necesidad que clamo. Al usarlas manifiesto mi deseo por separarme un poco de la realidad, así sea por centímetro y medio, y sentirme distinto. Es más, al usar una chancla distinta a otra le estoy afirmando a todos (les interese o no, cosa que no me incumbe) que me amoldo a una regla pero que peleo con otra; por ejemplo, una cosa es una chancla que encierra el dedo gordo y otra que no, una cosa es una chancla que vale cien mil y otra que compro por nueve mil, una cosa es una chancla liviana y otra muy distinta es una pesada, una cosa es una chancla nueva y otra una viejita, una con historia. Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa, en términos chanclistas.

Mis chanclas son viejas y feas, valieron nueve mil y no las cambio por una que me encierre el dedo gordo u otra con punticos homeopáticos o fisioterapeuticos. No quiero chanclas Nike, quiero chanclas de 'La 19' en Manizales o del 'Only' en Bogotá. No necesito chanclas costosas ni bonitas, no me importa una chancla de diseño ni una pesada, yo lo único que quiero es un par de chanclas que me espere por las noches, que Arnulfo no se quiera comer y que medio arrope mis friolentos pies de cuando en vez.

He de decir pues que hay asuntos que definen la vida y un par de chanclas no hace parte de ellos. Lo que determina nuestra vida son los cursos de acción que tomamos antes de cada decisión, la justificación que le damos a cada cosa, la narratividad de cada pequeña historia de nuestra vida. ¿Qué lo llevó, por ejemplo, a usted, a leer esta historia sobre chanclas y adultez? aquello fue una decisión de simple simpleza, lo que le previno no, ello fue otra historia, una más, que lo trajo a esta en la que tomamos por chancla lo que no debería ser una chancla.

Richitelli.