No me gusta la mala comunicación, la comunicación poco efectiva. Es decir, nuestras sociedades están donde están debido a que en algún momento hace unos dos mil o tres mil millones de años pudimos empezar a poner en común las reflexiones que ya parecía eramos capaces de hacernos en privado; nos preguntamos por qué le quitabamos la cáscara al banano y luego se lo dijimos a uno de los nuestros que, quizá, estaba preguntándose lo mismo. A ver, antes de que se desarrolle cualquier sociedad es necesario que se produzca comunicación entre sus miembros, pero, para que sea humana, antes de que haya comunicación entre sus miembros es necesario que haya auto–reflexión, pensamiento autoreferido y autocomparado; esto es: la comunicación humana es una transferencia de datos cuestionados y reflexionados, ergo, revisados, dudados, analizados.
Auto–reflexión + comunicación = sociedad. Los animales no tienen capacidad de auto–reflexión, aunque tengan comunicación. Los humanos a veces tenemos comunicación, aunque no usemos nuestra capacidad de auto–reflexión. Hacerse preguntas a sí mismo es quizá más difícil que hacérselas a alguien más; pedir consejo es quizá más fácil que entender nuestros más internos dilemas, nuestras más personales dudas, nuestros más dolorosos recuerdos. Por eso digo: no me gusta la mala comunicación, la poco efectiva. Ser auto–reflexivo es ser capaz de comunicarse con aquello que está en nuestro interior, con nuestra conciencia, nuestro conocimiento, nuestros recuerdos y nuestra esencia. Preguntarse cosas no es encontrarse a sí mismo. No estoy hablando de espiritualidad, de hacer yoga o meditar tratando de dejar nuestra mente en blanco; estoy hablando de conocimiento, de razón. Estoy diciendo que: es bueno preguntarnos cosas.
En nuestra memoria (en nuestro cerebro, en todo nuestro cuerpo) está nuestra vida, y nuestra vida no es otra cosa distinta al cúmulo de nuestras experiencias, de nuestras acciones, de nuestras respuestas. ¿Pensar antes de actuar, actuar sin pensar? ¿pedir consejo, dar consejo? Pues sí, y no, también, o no. Más importante aún, al menos para mí: pensar antes de hablar, antes de decidir, antes de poner en común aquello que no te atreves siquiera a pensar en privado, antes de pontificar sobre lo que ni siquiera te has cuestionado, antes de proponer aquello que ni tú mismo harías, o que no sabes porque no te lo has preguntado ¿ya pensaste si lo que quieres decir es, en efecto, lo que te conviene decir; o si esa decisión es la correcta, o si ese insulto es el correcto? ¿No sería mejor una palabra distinta, tomar el camino difícil o usar ese otro improperio más indecente y apropiado? Y es ahora que me pregunto ¿publico o no publico este post, sigo o no sigo en este blog, abandono o no abandono la puesta en común de mis reflexiones? No lo sé, al menos me lo estoy preguntando; soy la única persona que me puede responder. Pongámoslo, pues, por ahora, en común.
Richitelli.
3 comments:
Síguelo. Siempre es bueno leerte.
Gracias Adri. Acabo de encontrar un trío de horrores ortográficos que ya me da hasta pena publicar jajaja. Bueno que pases por aquí.
Sí, sigue con el blog.
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