2. Sortilegio de graznidos disonantes: A otro Aries con ese Horóscopo.
“No más mansedumbre, no más destinos predestinados y finales prefinalizados,
no más prestidigitación”.
Esta es la tercera vez que intento escribir este post. No porque no pueda, sea capaz o no me guste, no; esta es la tercera porque, al parecer, los planetas se alinearon en mi contra para que no manifieste la impoluta tirria que le tengo a ese viciecito de esconder nuestras debilidades detrás de las naguas de gurús astrocosmetológicos (pero no me dejé, desdeño de esos artificios). ¿Será que no somos capaces de responsabilizarnos de nuestro propio devenir? ¿es que acaso nos queda muy díficil asumir nuestros errores, defectos, debilidades, valores, cualidades y decisiones?
Hoy no soy la totalidad de mi mismo, soy sólo esa porción punzante e hiperáctiva que detesta la estúpidez, la falta de sentido común y los atajos de poca monta. A mi que no me jodan más. Yo definitivamente soy un error continuado con posibilidades de corregirse, como todos y cada uno de ustedes; queridos, pocos y afectivos lectores.
Ley #1: “La viabilidad de todo futuro radica en lo que soñemos hoy, en el presente”.
Amanecí enfermo sí, y cuando lo hago, florecen de lo más profundo de mi ser aquellos pedazos desequilibrados y desesperanzados que me hacen detestar (y a la vez amar, porque así soy de bipolar) lo menos humano de la humanidad. Nosotros, la raza humana, hombres y mujeres, somos razón y corazón, no sólo lo uno y lo otro. Somos apasionados y pensadores, no somos sólo instinto o premeditación, somos el equilibrio entre la esencia y la presencia.
Yo, por ejemplo, no soy únicamente mi barba chirrete o mi rodilla izquierda sin menizcos, no. Soy mi pasado; mis cagadas y mis triunfos. Soy el mismo que lleva tres día sufriendo la erupción de un forúnculo doloroso y fastidioso en la nariz, soy el mismo que hoy prefiere pasar sus horas de render escribiendo esto que urgando aquel dolor, soy el mismo que trabajando no es sí mismo, el mismo que se esconde tras una cortina de hierro y deja el amor sólo para el amor. Sí, quiero ser yo mismo, y yo mismo quiero ser quien determine mi futuro.
Oráculo #1: “A otro perro con ese hueso, a otro aries con ese horóscopo”.
¿Lee usted el vaticinio ese diario al que llaman horóscopo? ¿se ha hecho leer la mano, el tabaco, el chocolate, el tinto, el piojo, la uña, el codo o las plantas de los pies? ¿cree, su merced, en las bolas de cristal, las cartas, la alineación planetaria y el devenir de los dioses?, pues yo no, y le voy a decir el porqué.
Mi conciencia no me permite mentir sobre estos asuntos tan delicados y meteoadivinológicos. Yo mismo alguna vez creí que mis sueños premonitorios significaban algo, que mi alma jóven y nunca sabia podía tener apenas unos cientos de años y no miles, como las de otros. Yo, Ricardo Bustamante Echeverry, cierto día pensé que todo podría ser una señal, que todo tenía un sentido, y la verdad, ahora no creo que sea así. Creo en la inmensa capacidad del hombre para aglomerar conocimientos y sensaciones en su mero cráneo, sí, sólo creo en eso. Creo en que como 'todo' cuncurre allá adentro, entonces ese 'todo' son apenas coincidencias, asociaciones que nosotros mismos hacemos tratando de encontrar justificaciones externas a nuestras ya injustificables decisiones.
Ley #2: “El imaginario colectivo no es más que una coincidencia colectiva, una sinapsis social”.
Porque no seré yo un incauto más, un adivinado más ni un predestinado más. Profeso un irrefutable amor por la humanidad y sus vicisitudes, por nuestra vida variopinta y nuestras sociedades en proceso de asocio. Estoy seguro de que uno de estos días cada uno de los millones que somos, seremos capaces de ser los únicos, unívocos y universales dueños de nuestro futuro y nuestras decisiones. Sé obedecer, también se disociar. Conozco el sabor de la diplomacia, también la hipocresía. Asumo mi vida con decisión, decido vivirla. No seré un incauto más, un sumiso más, un mentecato más.
Oráculo #2: “Desde que se inventaron las disculpas nadie queda mal”.
A mi cóbrenme por errar y recomponer con mi terquedad característica, no por dejarme llevar. A mi que me cobren por obsecarme y no cambiar, no por dejarme cambiar. A mi que me cobren por cambiar demasiado, no por no dejarme cambiar. A mí, gente del mundo, cóbrenme por seguir más mis razones que mis instintos, por equilibrarlos o olvidarlos, pero háganme el bendito favor de no cobrarme por alabanzas a gurús de pacotilla, que no lo haré.
Richitelli.
